viernes, 18 de abril de 2014

Acidez en los días

Dedicado a quienes logran mantener una actitud positiva cada día y cada noche, a pesar de las fuertes presiones, los sangrantes contrastes y la pesantez de los momentos difíciles. Muy en especial dedicado a mis compañeras de esta gran aventura, Verónica y Zara, que sin dificultad comprenderán cada palabra de las que vienen abajo, por afrontar con valentía y amor a la lucha cada problema vivido. En todos estos meses no he dejado de valorar la fortuna que supone teneros a mi lado. Gracias.


Dedicado a todas las compañeras/os que aún no conozco y que paralelamente viven situaciones como las nuestras, hundiéndose en mares de dudas para después salir a flote merced a su trabajo. A todas las/os que están, en cualquier parte de la superficie que habitamos, sacando de su llanto la fuerza para seguir adelante, creyendo en lo que hacen. Y a todas las/os que no están ahora, que murieron escapando o bien atrapadas en su rutina de sometimiento al autoritario. Que aún mueren cada día. No os olvidamos.

Y como siempre dedicado a ti, que me lees ahora, porque sin tu lectura estas palabras quedarían como muertas en algún espacio de la red, y tú las das vida... según las vas enlazando unas con otras en tu lectura atenta. A ti, que persistes en tu trabajo diario de recomposición tras derrotas que quizás aún no has compartido con nadie. Ánimo, compañera, compañero. No estamos solas/os, y nada puede extirparnos este conocimiento: la conciencia de que somos muchas/os peleando en el mismo frente. Ánimo.



Como esa carcajada ácida del final de las tragicomedias
que deja un regusto agrio como de limón ennegreciéndose;
como ese chiste que, a fuerza de agrandar los defectos de unas,
provoca risas hirientes entre otras gentes.

Acidez.

Como esa ropa empapada por la lluvia
que provoca un frío incómodo
a la espera de una toalla.

Ácidos los días.
Como cuando las niñas embarradas trasladan cubos
inmensos de un agua lejana y cara
mientras yo mastico una tostada untada.

Momentos ácidos.
Como ese ignorar alegre del sufrir intenso de la vida
que llevamos cuando elegimos suavizante para el cabello
con aroma de coco y piña.

Cargadas de objetos caminamos
por una tierra de pantalones polvorientos
y pieles secas, deshidratadas.

No me latigo, lo sé: no somos las únicas.
Las burguesías locales lo arruinan todo,
arrodilladas ante las burguesías extranjeras
que mantienen sus privilegios.

Es aún más complicado,
más de lo que pensábamos.

Siento acidez en el estómago,
una bocanada de amarga bilis
de vida diaria plagada de contrastes.


Nuestra casa

Nuestra casa no tiene muros
altos como los de las fronteras de Europa.
Nuestra casa no tiene muros
como los de los ministros del partido.

Nuestra casa no tiene muros,
no tiene muros muy altos.
Por eso las niñas/os se aglutinan en la puerta,
tras la baranda, a mirar cómo comemos.

Dadme una tregua, por favor.
Expulsamos a los niños. No, en casa también no.
¿Cómo me recompongo de esto?
Dejadme de mirar, necesito mi espacio.

Mi espacio. Un espacio privado.
Qué facil es vivir tranquila en nuestros
pisos, parques y países amurallados,
colmados con alambres de espinos.
Y hombres uniformados en las puertas.

Y resulta que la tierra es común,
que no hay fronteras para la necesidad.
Y mirarlo a la cara es amargo.

A veces un plato de arroz para las niñas que vienen.
Hoy una peli, hoy unas canciones.
Hoy unos cuadernos
que sobraban de las donaciones.

Hoy dejadnos tranquilas, no podemos más.
No podemos mantener a todas las niñas/os del pueblo.
No podemos solucionar vuestros problemas.
Ha sido un día duro de trabajo y de vida
y necesitamos una desconexión.
Y aquí no tenemos muros.

Echo de menos los muros.
¿Hipocresía? No. Humanas.
Somos humanas. Y esto es mucho.
La cabeza nos estalla. Soy sincera.


El transporte

La espera.
Esperamos a que se llenen los autobuses.
Esos autobuses traídos de Europa y Asia,
fabricados especiales para aquí.
Donde allí caben 30 plazas, aquí son 70.

Ocho en un cinco plazas:
cuatro alante, cuatro atrás.
Siempre crees que no caben,
y siempre caben. Cabemos.
Se presionan los límites,
si es que los hay. Empujan.

Lunas agrietadas como raíces de árboles,
expandiéndose por toda la superficie.
Puertas que se abren con alambres y
con truco, ruedas que, mordidas,
pinchan cada corto viaje.

Las motos. Dos ruedas para tres o
cuatro personas, y las cargas,
y las mesas, y los cerdos,
y las cabras.

Mientras, me imagino, las tecnologías
en airbags, y los coches automáticos,
y las lunas nuevas,
de ésas que se oscurecen con el sol.
Me imagino las campañas de
de seguridad vial de allí
y las multas por embriaguez.
(Las multas por casi todo)

Los hombres. Los señores del transporte,
los maridos y los padres,
conductores de las vidas
de todas las poblaciones.
Bebiendo. Gastando.
¡No, mujer, hay de todo! Ya.

Y mientras,
las pequeñas/os se me acercan
vendiendo clínex y chicles,
galletas y linternitas,
calcetines y libretas.

Miro por el cristal de polvo:
no quiero nada, gracias.
Y si insisten, casi les echo,
aunque mantengo la simpatía
con esa sonrisa rancia...
jugando a adivinar su edad.

Hoy vi un coche quemado.
Ayer, del bus salía humo.
Las ruedas también se pincharon.
La velocidad es excesiva.
Mucho riesgo, mucho.
Cuanto más rápido, más viajes:
más francos que puedes ganar.

Echo de menos el transporte rico,
el que sale de las estaciones a punto
estén vendidos o no todos los billetes,
el que tiene cinturones
y respeta unas normas básicas.

Echo de menos un coche.
¿Me avergüenzo? No.
Sólo estoy cansada de tener tanto miedo
evitable. Pero es lo que hay.
Somos una más aquí.
Nuestra vida vale lo mismo.


Algunas rutinas

I

No tenemos máquina lavadora.
Qué ausencia notable, para tantos
días en una tierra tan polvorientas
y tan plagado el cuerpo de sudores.
Qué ausencia... para nosotras.

Nuestros jabones y barreños
se llenan de agua limpia que conseguimos
sin gran dificultad, comparándola a
la local, claro.
Seguimos sin ser iguales. ¿Queremos?
¿Podríamos soportar más? ¿Deberíamos?

Las mujeres y las niñas andan mucho
para lavar sus ropas y las de sus maridos
o hermanos en esos riachuelos azules
por los vertidos. Con jabones imaginados
a veces. Tengo náuseas. Tenemos.
Una náusea de injustos momentos.

(Suerte que tengo dinero para pagarme
unas medicinas que me suavicen la acidez).

Jabones y agua limpia.
Y unos barreños. No se necesita más
para lavar la ropa. Y muchas sueñan,
sueñan con tenerlo. Sólo eso. “Sólo”.
Yo sueño ahora con una lavadora
que me quite este dolor de brazos
y este cansancio pesado. Son muchos días.


II

Puedo tenerla, cuando decida huír de
esta realidad. Maldita fortuna la nuestra.
Una decisión libre, un manojo de papeles
morados de diez mil francos que salen de
un cajero bancario, en el que sólo veo
blancos y cameruneses ricos.
Y los bancos son como en Europa.

Son como siempre, iguales en todo el mundo,
al menos el mundo (poco) que conozco.
Como las gasolineras,
con esa construcción genérica,
ese único resquicio occidental
que me hace sentir como en casa.

Cuando piso una gasolinera,
me siento como en el barrio.
Me sube una ola ácida de nuevo.
¿De dónde vengo yo?
Y me repito, nos repetimos, que nada es casual.


III

Hemos visto estaciones petrolíferas
explotadas por la France. Con trabajadores/as
uniformadas/os como ahí arriba hacemos.
Y de nuevo la sensación de estar en casa
al ver a los obreros/as con monos amarillos y
naranjas chillones, cascos blancos y botas
de punta de acero.

Vaya, el petróleo me recuerda a
chez moi”. Casi todo lo demás, me es ajeno.
¿Quién soy, quiénes somos, compañera?


IV

Los mercados me atosigan
(ya os lo conté hace meses),
con sus montones de gente
agarrando y empujando,
ofreciendo y pidiéndonos tanto...

Nos satura el día. Muchos ojos fijos
nos han atravesado hoy el cuerpo,
el alma, o lo que sea atravesable así.
Encierran a la vecina para que no se
escape: nacer con discapacidad intelectual
o física es una culpa imperdonable.

Mejor compramos en el supermercado.
Ese a estilo europeo que tiene pasillos
plagados de productos que un ínfimo
porcentaje de la población del país
podrá adquirir. Y ahí estamos nosotras.
Y me siento como en casa.

V

¿Quién cojones soy?
Compañera, abrázame.
Esto es demasiado fuerte.
Sí, mejor compremos galletas con chocolate.
Esa acidez vuelve. Tragico-cómica.

Salimos con las bolsas llenas.
Nada en relación con lo que compraríamos
(y compráis, lectoras/es presentes)
allí en esa parte. Aquí mucho menos.
Pero mucho más de lo que la mayoría
podría asumir en muchos años.

Un señor herido se acerca a pedirnos
cien francos. No, perdone. Lo siento.
Y vaya que si lo sentimos.
Jodida contradicción constante.
Y nos animo, diciéndonos que no seamos
tan duras, que al menos lo estamos intentando.

Pero nos escuece la herida,
nos pica, nos roza la llaga
con el paso a paso del caminar.
Y nos apartamos a los niños de la calle
que vienen a agarrarnos del brazo.

Poco a poco, tenemos que asumir
contradicciones. No cargar con culpa,
sacar la fuerza, cantar con el ukelele
y comer colacao caliente con galletas.
O si no, lo dejamos todo. Y no queremos.

La leche en polvitos NIDO, de Nestlé.
El Nescafé, ese café robado de estas tierras
para volver fabricado en sachets de 50 FCA.
Robar materias primas, vender productos
manufacturados. Estamos aún ahí.
Y cómo escuece, sí. Será el Relec...

El dinero no circula.



La maladie: el dinero, o la resignación

Sin dinero, no hay salud.
No hay cartilla, no hay transporte
que te acerque al médico, no hay medicina.
(Ya os hablé también de ello).

Vete a casa.
No tengo dinero. Por favor tenga piedad
de mi hijo enfermo. Lo buscaré, buscaré
cómo pagarle.

Vete a casa.
La muerte le espera. A él y a ti.
Unos días de llanto intenso y rabia,
y seguirás adelante con tus días.
Sin dinero, esa es tu receta.

Y paciencia. Porque no hay nada más
que se pueda ofrecer y sea gratis.
'Ça va aller'. Es que no hay más opciones.
Resignación aprendida a la fuerza.

Mientras, me siento muy cansada.
Voy a coger uno de mis medicamentos de
mi bolsa repleta de ellos. Irónica vida.
Esa carcajada fúnebre...

El mundo del que venimos. Del que vengo.
Me meto arropada en el saco de dormir.
Para luego salir, claro.
Pero me meto.

No os escondo nada, os lo quiero contar todo.



Pon una blanche en tu vida

...O de los privilegios no meritorios,
sino fortuitos, de gracia,
como los de haber nacido
donde y como lo hemos hecho nosotras.

Y sólo tratamos de ser consecuentes,
de asumir la responsabilidad que nos toca,
por venir con tantas oportunidades de serie,
gratuitas. Somos responsables.
Y tenemos que estar orgullosas, compañeras...

Las miradas, los saludos,
los cariños o los abusos de la gente.
Eres la primera persona blanca con la que hablo,
me encantaría casarme con una blanca/o,
quiero ser como tú
(ya he hablado de eso también)

Sonrisas y respetos.
Gente buena.

Tratos preferentes.
Nos reservan el asiento delantero.
Nos agasajan o nos timan.
Discriminación positiva, o negativa.

Y las miradas.
De admiración o envidia.
Ojalá fuera tú,
tuviera tu pelo, viviera en tu casa.
Ojalá mi vida fuera la tuya.

Y aquí estamos nosotras, con nuestra vida.
Sin poder salir de nuestra blanca cobertura
que es la piel. Sólo trabajando,
y tratando de no morir en el intento.
Para sobrevivir, y contarlo.

Hay gente buena,
tampoco me cansaré de cantarlo.
Porque hundirnos, no quiero,
ni pienso permitirlo.

Un honor, la esperanza,
un orgullo tener una blanca
entre mi grupo de amigas/os.
Por favor, dame tu número.
Y un acoso constante,
de machos y machirulos
que no sabes cuándo empezar
a romper de cuajo.

Allí todo lo teníamos tan clarito...


Y como una taza de café amargo
que pasa lento por dentro del cuerpo
termino este escrito
en el ordenador que traje de España,
a pocos metros de muchas personas
que no han visto en su vida uno.


Gracias por haber leído hasta aquí. Eso es que te importa algo toda esta cuestión de la acidez de la vida, de la que tanto nos hemos venido protegiendo en nuestra vida. Igual me tomo un Almax, me lo voy a pensar. Vida callosa.

Muchos abrazos,
os quiero y os animo,
os mando mucha fuerza y amor.

No dejaremos de intentarlo,
una vez más lo repito.

-Isa-

martes, 8 de abril de 2014

Con “C” de Crisis se escribe Crecimiento.

Me siento en esta silla de plástico de las que tanto he visto por el país en estos meses, en bares y zonas turísticas. Me siento frente a los palmerales de plantaines verdes, correteando el aire entre sus grandes y caídas hojas, y creando un sonido suave que se escucha con los cantares de las coloridas aves que viven en la zona. Me siento con este ordenador portátil en las rodillas (un detalle a repetir es que no hay mesa donde vivimos), el mismo que me acompañaba y era cómplice de mis primeras reflexiones durante el viaje hasta aquí, en el aeropuerto de Bruselas, en septiembre. Mis primeras lágrimas, saladas, resbalando por mi cara, yo toda miedos... Me siento, y me releo entonces, me repienso. Y me siento otra. Una misma, crecida, ¡y digáis como queráis, envejecida! Vieja porque los días me han aplastado a veces como a una anciana que se sienta en la puerta de su casa esperando, porque el cuerpo me ha sido pesado como carga durante largos momentos, porque se me han repetido los pensamientos y las rutinas con esa calma como sabia de las personas mayores, porque por instantes se me han escapado las fuerzas para reponerme a situaciones que me han debilitado mucho... Vieja, ya vivida. Y al mismo tiempo tan joven...

Son siete los meses que llevo en terreno. Uno, dos, tres... así hasta siete, lentamente. Pero no siete meses cualesquiera, no siete meses anónimos, de esos que corren por los calendarios mientras una se dice: “¡vaya, han pasado ya siete meses!”. De ésos, he vivido muchos. (¡Y cuántos habrás vivido tú también!) Estos son otros... de los que hablo son siete meses con tantos días, tantos momentos, tantas lunas y tantas y tan visibles estrellas desde este hemisferio que llamamos sur... tantos miedos vencidos, crisis superadas y recomposiciones rutinarias... tanto tanto, que me es difícil empaquetar todo lo vivido en el rótulo “siete meses”. Sí, familia: que el tiempo es relativo era verdad. Pero una verdad sólida, plomiza. Como los pesos que llevan en la cabeza las niñas/os de por aquí. No vivimos el mismo tiempo, ni lo hacemos de las mismas maneras. Cuando la vida pesa, pesan los momentos mucho más, pesa más la aguja moviéndose por la esfera, ralentizando el reloj de los días... Y, como astronauta que volviera a la Tierra, volver al tiempo calendarizado supone asumir un desfase importante, saberse más vieja que de costumbre, más de lo esperado.

- - -

Escribía hace poco menos de dos meses, en esta misma tierra rural:

¿Por qué este dolor? ¿Por qué yo aquí desde este lado? ¿Por qué esta maldita injusticia que por azar te condena o te premia con jugosas oportunidades?¿Por qué este sufrir tan injusto e innecesario de bebés, de niñas y niños, de seres humanos que se van des-animando (perdiendo su alma, literal) inmersas/os en su realidad? ¿Por qué? Esas miradas, papá, se me han clavado a fuego en mi mente, me han marcado como hierro incandescente. ¿Y qué hago yo? ¿Qué puedo hacer yo? ¿Quizás escribirte sirve, me sirve...? Hago lo que puedo, y me respeto, me cuido... Pero no sé a veces qué más poder hacer... me siento tan limitada... Y cómo me duele.
Y seguía, unos días después:

Tengo sensación de peligro constantemente... pero al mismo tiempo, estoy tranquila. ¿Quién comprende...? Tengo muchas dudas, y me faltan abrazos... pero al mismo tiempo estoy segura. (…) Esto es una locura. La vecina viviendo en una choza de barro, como las de los documentales; y su hijos machos en un palacete al lado, herederos del padre, con dinero y libertades. Maldito patriarcado. Estoy muy dolida. (…) Quiero escapar y quiero quedarme...”

Hace menos de un mes, cuando la Crisis por Estafa, decía:

He llorado mucho esta semana. Me han temblado las piernas, me he mordido los labios. He sentido rabia, vergüenza y pena. He sentido caerse mi mundo presente, mi universo de estabilidad, mi seguridad. Me he sentido desesperada. He sentido que no podía ser real lo que estaba viviendo. He llorado mucho (…) Toda mi ilusión por el proyecto, mis ideas de continuar aquí, mi forma de plantear las ayudas venideras... caídas... He tenido que estructurar mi presente de una manera muy brusca, y adaptarme rápido. (…) Pero ya comienzo a reflexionar con algo más de claridad. Ya empiezo a alejarme un poco del problema central (…) y crezco mucho, no sabéis a qué velocidad, a base de golpes de realidad tengo que encontrar soluciones a situaciones complejas. Sobre todo, he ganado mucho autoconocimiento, autocontrol, confianza, paciencia... y tranquilidad. Necesaria tranquilidad para vivir y superar, para sobre-vivir.”

Y en proceso de cambio, hace una semana ya escribía:

¡Lo hemos conseguido! Hemos conseguido el cambio. (…) Era cierto (…) Ella me ofreció trabajo para el próximo año en un cole... Siempre con prudencia y reflexión, pero también con mucha esperanza.”

Siguiendo, al por fin salir de la ciudad que me tenía cautiva (Yaundé):

La verdad, ahora que vuelvo a estar aquí (…) no puedo ni creerme todo lo que he vivido en estas últimas semanas. ¡Menudo aprendizaje! (…) El campo está precioso. Las mujeres han trabajado de forma brutal para dejarlo así. Qué fuerte todo. Qué fuerte. (…) Pienso en todo lo que he mejorado lavando la ropa desde que llegué aquí, antes hecha toda una europea acostumbrada a las lavadoras (…) Quiero una vida sencilla. (…) No os creáis que es broma. En relación a “los ricos”, puede que seamos más pobres. Pero en relación a las inmensas mayorías del mundo, somos esa clase media (más baja o más media) europea, sostenida tal como es por los resquicios colonizadores y la presente neocolonización.”

Y ya hacia lo más reciente:

Yo estoy en proceso de cambio. Cuestionando de raíz muchos principios que creía seguros. Tirando abajo muchas ideas y formas de vida que creía 'buenas'... Mi cerebro se llena de actividad. Y es que allí, antes, aunque me creía despierta, seguía dormida en tantos sentidos... El dinero está ¿dónde? El mundo es algo grande, vasto, amplio y plural. Y así, igual, quiero que sea nuestro saber. Dejadme que piense. (…) Si quiero, tengo trabajo aquí para el año que viene. Sólo tengo que decir 'sí'. (…) A día de hoy, mi cabeza estalla en reflexiones, en dudas. Antes estaba más segura, como más confiada de querer (y deber) trabajar en terreno, pasar años trabajando y construyendo aquí. Pero... conforme más vivo, más dudo. (…) Dudas gigantescas, dudas estructurales. Mis planteamientos viejos caen y llegan nuevas opciones. Y a eso le llamo crecer, supongo.”

- - -

Y ahora, reflexionando las palabras de un maestro (Gabriel BAYEMI, Cameroun), sobre los problemas de desarrollo del África Subsahariana y la persistencia de la escuela colonial (en forma de post-colonial, esas escuelas en las que intervenimos para aminorar las violencias y aumentar el respeto a los derechos fundamentales de la niña/o), y con la experiencia ganada en este tiempo (nombrado como siete meses en terreno), nuevas dudas surgen. “Pour que le développement soit réel, il doit être endogéne(...)” ¿Cómo trabajar, cómo intervenir siendo siempre eso exógeno que trae algo? (Tu me gardes quoi?) ¿Cómo trabajar por la eficacia real de lo trabajado? ¿A quién preguntar, con quién consultar antes de la intervención? ¿Tiene algún sentido más allá del asistencialismo nuestro trabajo? ¿Podemos en verdad trabajar por algo diferente? ¿Cómo asumir el abismo entre las teorías occidentales sobre la cooperación internaciónal y la mise en ouvre, su práctica real? ¿Mejora o ayuda a mejorar de facto la situación real y diaria de las personas, o es un parche neo-colonizador para tapar las conciencias de quienes somos conscientes del daño existente? ¿Qué sabemos, por qué sabemos tan poco y por qué desconocemos en mayorías lo que está pasando “aquí abajo”? ¿Pensamos que es casual la gran ignorancia con respecto a las alternativas locales de evolución y crecimiento, bien alejadas de los organismos internacionales gubernamentales o no? Las preguntas crecen, más conforme más conozco o más vivo.

Antes... me creía más sabia, lo reconozco, y casi con vergüenza. Ahora, después de derrumbarse un muro grande, siento cómo la tierra vibra en cada una de sus dimensiones y distintas formas de vida. ¿Y ahora sé más, sabiendo que sé menos? Mi opción es sólo una. Una opción solidaria, en tanto que preocupada por el conjunto, pero una opción individual... Y en eso estoy ahora, en una transformación individual que me aporte calma y equilibrio. Y estoy tranquila, con todo. Sé que tengo mucho que aprender, de la vida y del mundo, de los dolores y cómo limarlos (o evitarlos), de cómo estructurar los problemas que hay y vienen, para intentar resolverlos. No quiero hacer nada precipitado.

A día de hoy, puedo deciros que gracias a mi decisión de venir a esta tierra (delimitada políticamente como Camerún, área del Cinturón Subsahariano, esa porción del África negra de la que tan poco sabemos) estoy creciendo en ricas experiencias que me están ayudando a conocerme mejor, saber lo que no quiero, y orientarme en aprendizajes hacia lo que quiero. Y no tengo rencores. Siento rabia, siento pena y un malestar hiriente que transformo en fuerzas para luchar por todo eso que quiero. Estoy conociendo tanto... Ese tanto tan pequeño que supone el inicio de una vida en terreno, los primeros choques serios con los problemas globales, los golpes directos de una realidad sangrante. Una perspectiva más amplia. Salir del círculo comfortable, entrar en círculos absorbentes (sí, como los de los rollos del papel de cocina de por allí), círculos laberínticos, problemáticos, y buscar posibles soluciones, construyéndolas.

Me siento lo suficientemente empoderada como para decidir en libertad, y tomar una decisión que respete mis sentimientos. Quiero ser lista, y no forzarme, no obligarme a llevar a cabo algo de lo que no creo del todo, de lo que me llueven dudas sólo de pensarlo. Sé que voy a seguir exprimiendo cada instante aquí, conociendo y aprendiendo durante estas semanas por delante (próximos dos meses en terreno)... PERO tengo ganas de volver allí, de tener tranquilos momentos al lado de las personas que quiero, de coger perspectiva, pero ahora, desde el otro lado. Tengo ganas de desconectar, descansar de tanta dosis de realidad y formarme en estrategias y nuevas formas de afrontar estos problemas.

Estoy preparada, pero pienso que no lo suficiente. Necesito tiempo. Necesito releerme, releer la historia desde nuevas ópticas, releer los problemas y construír posibles soluciones. Necesito aprender más para actuar mejor. Creo que puedo hacerlo mejor, no repetir errores y volar al cambio, un cambio real y presente. Necesito relacionarme en nuevos entornos, conocer nuevas personas, no repetirme en pensamientos, avanzar. En cuanto más vivo, más ganas tengo de vivir para aprender. No está nada tan claro. Desde allí todo es distinto. Desde aquí las palabras pierden fuerza en miradas que desmontan hipocresías cotidianas, blancas o negras. Desde aquí pesan los momentos. Pero, superados, te hacen volar más alto. Y yo quiero seguir haciéndolo.

Quiero gestionarlo bien. No tomar decisiones precipitadas. Las decisiones son importantes, éstas lo son. Y conocerse bien es la base: el amor propio, la confianza en una misma. En ocho semanas y media estoy, si es para bien, en esas tierras asfaltadas y limpias, llenándome de esa fuerza que me ha venido faltando tanto últimamente: vuestros abrazos. Pero tengo paciencia. Y os agradezco también la vuestra.

Seguimos aprendiendo.
Os quiero mucho. Gracias.
Muchos abrazos y energía de la buena.
Y a volar el cambio.

-Isa-

sábado, 29 de marzo de 2014

La prisión transparente...

Imágenes de prisiones tenemos cada una/o en nuestra mente, seguro. Ideas forjadas en base a los mass media, en cualquiera de sus manifestaciones... o recreaciones imaginarias de trozos de descripciones de alguna novela autobiográfica junto con detalles de aquella persona ex-reclusa que conocimos en el trabajo, en el barrio... ¿Una prisión, una cárcel? Huele a hierro mojado y a manos con suciedad y la piel endurecida. ¿Quién conoce una prisión, siendo prisionera/o, entre nosotras y nuestro entorno? ¿Qué sabemos si no es de testimonios lo que el encierro supone? ¿Podemos decidir sobre las prisioneras/os y creernos qué es lo mejor para ellas sin ni siquiera comprenderlas/os? ¿Nos creemos capaces, autorizadas, o con el "deber" de decidir en su lugar? ¿Son útiles las intervenciones realizadas con y para las presas/os si no se ha contado con ellas/os? ¿Útiles para quién? ¿Para quiénes? ¿Cómo medir la utilidad? ¿Resultados? ¿Consecuencias de la intervención? ¿Quién evalúa? ¿Quiénes establecen los baremos? ¿Sobre qué supuestos se asisentan las bases que justifica cada intervención para/hacia las prisioneras/os? Quién. Quiénes. Quiénes... Es preciso preguntarlo. Siempre hay un quién detrás de un 'algo'. Nada es casual. Seamos radicales.
...

Más acá de los barrotes oxidados y los muros de cemento custodiados por humanos policías, la prisión se mantiene. Uniformes de distintas tonalidades de azules o verdes, combinados con el negro del calzado y las armas, y adornados con dorados o plateados galones, se ciñen a los cuerpos de muchas personas que pasean las ciudades y los pueblos de todas las partes de la superficie del planeta. Vigilantes de sus otros co-existentes humanos, controlando que todo siga como está, o bien que se imponga un nuevo orden deseado, según el caso. Sobre férreos vehículos que disparan objetos que pueden exterminar vidas ajenas con sólo ejecutar una acción. Una persona ejecuta una acción, otra persona muere. Una persona ejecuta otra acción, muchas personas mueren.

Muros bien pintados de colores mostaza, anaranjado, verde o grisáceo, que terminan en largos metros de alambres espinados, enmarcan inmensas puertas de hierro que se abren como ventanas a través de las que se pueden ver estatuas de machos armados en posición triunfal. Y a su lado, personas. Personas agrupadas que coordinan movimientos y gritos guturales, pasos y silencios. Cabezas que se inclinan mientras otros humanos alzan una tela colorida sobre un mástil. Y el negro. El negro de las armas, que lo inunda todo.

Fuera de la cárcel, la prisión sigue. Se perpetúa, como una prolongación de la misma, justificándola, y recordando lo esencial de su existencia. Como un cristal tosco, muy duro, que clausura los movimientos y reprime el aire... pero transparente, como el aire, recreando la falsa ilusión de tener una gran libertad de acción, sin tenerla. Como poder ver el horizonte y saber que nunca se llega a él, que existe una limitación concreta que lo impide. Y, mientras tanto, más niñas/os nacen.

Nacen y viven. Mujeres embarazadas con bebés a la espalda se cruzan con uniformes armados sobre cuerpos de hombres. Se me cruzan las imágenes, como en una exposición de situaciones presentes que no acaban de ligar bien. Personas. Personas alineadas bajo un sol alineado sobre sus cabezas. Muchas personas alineadas. Ropajes distintos cubren sus cuerpos. Los humanos unifor-armados pasan sin alinearse. Es su territorio. Es su cárcel. Su cárcel.

Desalineados y no uniformados unos chicos venden fundas para el pasaporte, sosteniendo una sombrilla multicolor que indica que también hacen recargas de saldo para los teléfonos móviles. Un unifor-armado le roba una. Le roba, digo, sin cambiársela por dinero. Es su cárcel y en su cárcel la ley que impera es la del negro del arma que cuelga de su cintura. No es nada nuevo. Pero por si acaso. Hay que vigilar, recordando a las personas no-uniformadas que están al servicio del color negro. ¡Negro! ¡Anda, como el petróleo! Qué gracia.

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La tristeza.
Esa tristeza de la que ya hemos hablado.
Esa que nos acompaña,
la que sabemos que no se va a ir. 

Esa con la que sabemos que tendremos que aprender a vivir. Esa tristeza llega. Se posa suavemente, poco a poco, con ligereza se acerca... pero cuando aterriza, lo hace para quedarse. Y hay que hacerse.

Romper barras de hierro es un reto. Difícil y de grandes esfuerzos. Pero sabemos que pueden llegar a fundirse. ¡Pero la prisión sin barrotes...! ¿Cómo romperla si no sabemos que existe? ¿Cómo romperla, si no sabemos dónde se sitúan los límites sobre los que presionar? Sabia construción de los quiénes que la construyeron. Sabia su manera de disponer a los vigilantes sobre los suelos, mares y aires. Sabia la estrategia de control, para evitar ser descubierta... y en su defecto, evitar ser destruída.

La prisión sin barrotes. Sin barrotes en el día a día, pero con muros reales, físicos, tangibles, que nos sirven de fronteras. La no-accesibilidad a los recursos. La limitación económica. La barrera educativa, política. La prisión de una ignorancia pasiva, de una desesperación resignada. Y el elogio al uniforme. Y el rendirse ante lo negro. La bala. 

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¿Qué me vienes a decir? ¿Qué les vamos a decir? ¿Hablamos como prisioneras, o como carceleras/os? ¿Dónde nos situamos nosotras/os, en el plano real -perspectiva-, no en el imaginado? ¿Hemos hablado entre nosotras, o con ellas, las personas presas, antes de intervenir? ¿Dónde estamos? ¿De qué lado del muro? ¿De qué lado de los alambres de espinos? ¿De qué lado de la sangre? Miremos... no sé... ¿Melilla, como ejemplo? Quizás nos ayude a ubicarnos. O a des-ubicarnos. Algo es algo. No lo queramos todo de una vez.

(...) Tantos contrastes, tanta hipocresía, tantas contradicciones que lo envuelven todo, complicándolo y retorciéndolo, destrozando la magia de lo bueno y lo sencillo...Tanto en cada momento... Y en mi cabeza ya se ha activado la reflexión activa, la curiosidad permanente que enlaza situaciones, generando nuevos argumentos, pero en especial... generando nuevas preguntas. Pregunto. Pregunto. Preguntas. ¿........? Tenemos que hacernos más preguntas. Abandonemos ya la zona de comfort si nuestras preguntas comienzan a acabarse y creemos tener sobre todo respuestas. 

Tengo sacos llenos de preguntas para ofrecerte. Y, ¡atenta/o! Que detrás, muchas otras personas, más sabias, más experienciadas, vienen con otros tantos más. ¿No es el mejor regalo? Pregunto.

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La fuerza.
Y mientras tanto, yo canto.
Para la gente despierta. 
Porque a las dormidas/os no les gusta la música.

Para quienes deciden cuestionar activamente y de hecho sus privilegios.
Para quienes superan la pereza de la inactividad y lo pasivo cada día.
Para quienes buscan, superando el miedo que genera la duda y la incertidumbre, por encontrar o crear algo distinto y algo que mejore lo presente.

Porque la vida es ligera y es preciso encontrar, buscando, las personas que puedan hacernos mejorar, crecer, y aprender cada momento. Porque no podemos continuar con quienes no quieren hacerlo. Hay que buscar las personas correctas en los lugares correctos.Y unirnos. En la distancia, o codo con codo.

No hacer nada que no quieras.
Estar en equilibrio.
Tranquila.
Buscando.
Y encuentras.
...

Necesito tu abrazo cómplice que me exprese una calma presente. 
Estoy viviendo lo impensable por muchas mentes, pero vivible...
Y se me empina la cuesta por la que he de aprender día a día.
Pero la subo. Gracias al empuje que juntas/os hacemos.

Estamos en ello.
Mucho amor y mucha fuerza.

Os quiero, echándoos de menos, 
y sintiéndonos cerca al mismo tiempo.

Gracias, y adelante.

-Isa-





































martes, 4 de marzo de 2014

Temblar el mundo



Cuando tu mundo tiembla

te haces muchas más preguntas,

más que d'habitude, más que nunca.



Cuando tu “normalidad” se vuelve

con claridad relativa, cuando tu universo

se aprecia como un “otro de tantos”,



cuando tu lógica no es

“la lógica común” que pensabas,

cuando sientes la inestabilidad,

agitarse la tierra, revolverte desde dentro,



cuando tantas miradas,

cuando tantas palabras,

cuando tanto vivido...

tu mundo tiembla.



Mi mundo tiembla,

se agita, se mueve, se retuerce...

Mi mundo tiembla, cada día,

pero yo permanezco, fuerte,

despierta, pisando firme.





Por los caminos de tierra roja pisan muchos pies a diario. Pies grandes y pies pequeños. Pies cansados, pies marrones, pies con polvo, pies con barro. Pisan pies descalzos y pies con calzado comido por los pasos. Pisan pies enanos, piececitos, pies que aún tropiezan al pisar. Pisan pies de mujeres y pies de hombres. Pies de mujeres. Pies de mujeres. Pies de mujeres cuando aún la tierra es negra, cuando aún no se distingue el color ni la sombra. Pies de mujeres. Pies de niñas. Pies de mujeres, mujeres cargadas. Mujeres que cargan pesos en su cabeza y bebés a sus espaldas. Mujeres que cargan barrigas de embarazadas. Mujeres jóvenes, mujeres ancianas, mujeres niñas. Pies femeninos que se hunden en la tierra. Pies de campo. Pies de trabajo. Y la infancia... cubierta en barro... Pies con heridas nunca curadas. Pies apretados por zapatos pequeños. Piececitos. Pies que me duele mirar, pies que me pisan por el cuerpo, dejándome huellas pesadas, imborrables. Me pesa, me pesa, me pesa en el camino ver tanto y tanto pasar...





Los momentos.

Y los recuerdos. Qué importantes son.

Todo lo que tenemos almacenado,

todas esas imágenes, batidas con emociones...

tantas sensaciones, tantas personas,

tantos escenarios... toda esa vida.



Y ahora, aquí.

Es mucho, es mucho.

Falta paz y falta libertad.

Faltan buenos momentos

para tantas personas...

Faltan buenos recuerdos,

buenos presentes.



Son tantas historias, tantas vidas,

tantos y tantos presentes sangrantes...

Me falta papel, me faltan palabras

para expresar tantas ausencias.

Me irrita, me raspa, me pica.



Intento tildar de energía y alegría mis días,

como sacando fuerza del fondo,

como queriendo pasar otra página en blanco

llenándola de escrituras bonitas.



Pero en el fondo... ¡ahhh! El dolor.

El dolor de esta existencia.

El dolor de las niñas/os que lloran solas/os.

En el fondo... una música triste,

pero con fuerzas. Y malestar.



Pero seguimos.

Seguimos adelante, en pie, marchando.

O continuar, o rendirse.

Y aún soy joven, y sólo espero

seguir rejuveneciendo cada día,

aunque el cuerpo pese, aunque cueste el paso.



Quiero, quiero estar aquí,

seguir aquí, construír aquí,

tan cerquita de esta infancia robada,

tan cerca que el dolor me salpique

tanto que no pueda dejar de caminar

adelante, que no pueda pararme.



Y las preguntas se expanden.

Siempre las preguntas.



Y me digo ¿por qué? ¿Por qué?

¿POR QUÉ, POR QUÉ?

Y te interrogo a ti, también,

que me lees desde el otro lado,

y te miro, y te pregunto por qué.



Por qué. Por qué yo escribo aquí,

por qué. Por qué tanta miseria,

tanto maltrato. Por qué.

Por qué tanta soledad, tanta falta

de cariño, tanta falta de respeto

a los derechos de las personas,

de la infancia, de la vida.



Por qué. Por qué tanto odio,

tanta imposición y tan poco cariño.

Por qué este imperio del pene,

este imperio fálico, que lo pudre todo.

POR QUÉ, por qué tantos males evitables

que no se están evitando ahora.



CLARO QUE ESTOY TRISTE.

Ya lo sabéis. Ya lo sé.

Estoy triste y siento mucha rabia.



Pero no van a poder conmigo.

No ahora, no aquí. Vamos a seguir.

Porque es justo, porque me siento

movida a ello, y sobre todo,

porque tengo el privilegio de poder

decidir hacerlo, pese a todo.



Tengo el apoyo,

y tengo la fuerza.

Y aunque no tenga los abrazos,

tengo vuestros ojos, que me leen,

vuestras manos que me escriben,

recordándome que lo que hago es justo,

que lo que hacemos es bueno.





Y de pronto,

encuentras a personas que luchan,

que luchan aquí, que luchan contigo,

que luchan por lo mismo.



Y de pronto,

encuentras sonrisas, personas valientes,

personas que trabajan bien y

trabajan con el corazón.



Y de pronto,

te coges de la mano, no te ves sola,

y se hace mejor el mantenerse firme

mientras nuestro mundo tiembla.







Cómo os quiero y cómo os echo de menos, no os podéis imaginar.

Y cómo os agradezco todo, cómo me alegra oíros, saber que estáis conmigo, sentiros cerca...



No dejéis de mandarme fuerza,

y cariño, os lo pido y os lo agradezco.

Esto lo estamos construyendo juntas/os.



Te quiero, os quiero.



-Isa-


martes, 11 de febrero de 2014

1 euro, 650 francos centroafricanos

Colapso.
Como cuando demasiadas carreteras
abarrotadas de vehículos convergen en
un mismo punto, estancando el movimiento.

Como intentar rellenar una botella
con bolas de billar amarillas... y rojas, y negras.
Y no poder. Y chocar contra el vidrio.
Una vez, y otra. Y otra más.
Clin, clin, clin.
Y no poder.

Como querer bajar una veintena
de niñas/os por el mismo tobogán,
al mismo tiempo. Empujando.
Presionando. Forzando algo que no
puede dar más de sí.
Y no poder.

Colapso a veces.
Porque la complejidad del problema
aumenta en cuanto más datos vas teniendo.
No es sólo lo que ya sabía.
Es mucho más.
Mucho.

Y ya sé lo suficiente, sé demasiado
como para poder detenerme aquí
e intentar mantener, sonriendo,
un falso equilibrio sordo.

---

Según más avanzo en vida,
más problemas encuentro.
Y más complejos, más sangrantes.
Líos de hilos finos, anudados,
que parten de distintos puntos.
Que por ser finos, a veces obvio,
pero están, y tiran mucho. Tiran.

Como consolándome, me digo
que la clave es reconocerlos,
saberlos, e intentar desenredarlos
poco a poco. De uno en uno.
Y respirar pa'fuera.
Mientras dure la vida.
Y seguir.


L I B E R T A D.

Letras entrelazadas, palabra. Y un “No sabemos lo que tenemos” me resuena como eco mientras vivo. ¡Cómo me cuesta! ¡Cómo me cuesta explicarme, explicaros lo que siento! Me es tan difícil a veces, que me siento paralizada.

[ …]
No fluyen tanto las palabras.
Me quedo como parada.
Con frases cortas. Rotas.
Como atracadas, asustadas.

Pero el pensamiento,
¡oh, cómo fluye!
Se desliza como por una
rampa empapada en aceite.
Zuuuuum. Baja.

Siempre en movimiento.
Deprisa, bailando en una
pista invisible, flotando,
envolviéndolo todo.
El pensamiento [...]

Falta de libertad. Falta, falta de libertad. Se nota el vacío. En las preguntas. En los comentarios. En la forma de actuar. En la comunicación, en todo. No encuentro personas libres. Siempre miedos, siempre condicionantes externos, siempre presiones. (Detesto mi negritud, quiero ser otra. Detesto mi situación, quiero ser otra. Detesto mi vida, quiero vivir otra.) Falta de libertad. Ausencia que lo llena todo. El día a día., invadido por esa falta de libertad... ¡cómo pesa! Quieren viajar, salir. Quieren ir al lugar donde viven quienes pueden elegir. Al país de los blancos. Donde la gente es guapa y viste bien. Donde los jóvenes trabajan desde los dieciséis años, y nunca hay paro. Donde 'todo el mundo' es feliz. Donde hay libertad. Libertad por. Libertad para. Libertad de tanto. Tantas libertades. Y se me atraganta el “No somos conscientes...”.

Allí en tu país no trabajáis más que unas horas en la oficina, y ¡a ver el fútbol! Y ríen, como teniendo la certeza de que miento, cuando expreso problemáticas profundas fruto del sistema (un sistema común y global). ¡Allí no cocináis, si coméis todo el día hamburguesas, que lo he visto en la tele...! Y más risas, como asumiendo que sigo engañándoles cuando hablo. ¡Mentira, tú mientes! ¡Claro que todas/os tenéis casas grandes y coches, lo que pasa es que me dices que no porque estás en África! Y ríen, ríen mucho. Con esa risa ácida que me pica y escuece, por todo lo que pienso que envuelve detrás. “¿Quién les ha dicho esto?”, pienso. Y veo, veo ejemplos, veo manipulación mediática, veo blancos ricos paseándose(nos) por la ciudad. Y comprendo. La diferenciación racial es económica. Y la barrera invisible que separa realidades se materializa aquí en el color de la piel. Y en la falta de libertades.

Cuando el autoritarismo reina, cuando los razonamientos no se rigen por leyes lógicas (lógica de base, lógica filosóficamente hablando), sino por miedos, mitos y supersticiones (para mí motivadas y mantenidas por el autoritarismo político-económico imperante), cuando todo eso... veo cuánto pesa la libertad en mi vida. Me reconozco como libre. Y, ¡jodeeer!... reconozco esa carencia en tantas personas... “Libre” no en abstracto, no como globalidad; sino “libre” en ejemplos. Libre para salir a jugar en la infancia o quedarme estudiando. Libre para comprar unos cereales u otros. Libre para sacarme el carnet de conducir o estudiar una carrera. Libre para comer tomate natural o tomate frito. Libre para escuchar música o no escucharla. Libre para abrazar y decir “te amo”. Libre para separarme de lo que no me gusta o me hace daño. Libre para ir al centro de salud si estoy enferma. Libre para viajar, para moverme. Libre para trabajar y emplear mi vida en lo que yo quiero... Toda esa ausencia... aquí, la vida. ¡Cómo me cuesta explicarme, cómo me cuesta representar a través de las letras este dolor, este vacío que empieza a llenarme a mí también!

Vengo como de otro planeta. Estructuralmente tan distante, que la integración suena a mito. Y no es porque no lo intento. Me adapto, me adapto a mucho, con lo que este 'mucho' lleva implícito. Me adapto a un 'mucho' gigantesco, abarrotado de rutinas, hábitos, miradas y gestos, palabras, problemas... Intento pensar lo mínimo, no forzar reflexiones. Pero, ¡ahhh! Vienen, vienen solas. Se me presentan chocándome en la cara, aplastándome la nariz, y no puedo dejarlas pasar. Y soy extraña. Y cuántas veces me digo: “No me entero yo bien. Que no, que no me entero. Que no me entero, que no. ¿Cómo puede ser esto así?” Y sigo mirando, miro. Y cuánto veo,¡eh! ¡Cuánto! Todas estas vidas...

Nuestras vidas. “No le damos el valor que tiene” , vuelvo a repetirme. Sólo si nos situáramos en una escala más amplia, sólo si ampliáramos nuestra perspectiva, apreciaríamos más nuestras oportunidades, lloriquearíamos menos, y nuestra lucha sería más intensa y más verdadera. Pudiendo así distinguir lo importante de lo superfluo, viéndolo brillar, haciendo más sencillo lo que es sencillo y desenredando problemas secundarios que entorpecen... Y leerlo o decirlo no es lo mismo que vivirlo. Por el planeta rondan muchas personas cuyo último sueño es salir. SALIR. Salir de la falta de libertades, llegar a mi país, Europa. Una y otra vez, lo escucho. Lo veo... Ese horizonte utópico que les impide, por cegarles, construír otro horizonte más cercano, más revolucionario en su terreno, que proporcione cambios concretos y mejore situaciones individuales...

Esto es una mierda, escucho y me digo también.
Pero es lo que hay, continúa el razonamiento.
Así que, hay que empezar a currar ahora por el cambio.
Y no perder la esperanza en tanto que aumente la perspectiva.

Pero, ¡¡¡¡¡ouuuuuuch!!!! Cómo escuece.
Porque a pesar de todo, sobrevolando teorías e ideologías, atravesando con punta de lanza de madera de bambú palabras que flotan en el aire (vacías de contenido), aquí en el terreno, un euro son seiscientos cincuenta francos. Y la libertad se mide en euros. (Perdonadme almas puras).


Salud y sabiduría.
Y disfrutad mucho del momento presente.
No dejemos que nos arrebaten los
derechos conquistados y peleados
allá, en nuestro país de blancas/os.
Pero no olvidemos alegrarnos
de nuestra suerte, y construyamos,
siempre hacia lo mejor.

Os quiero mucho,
gracias por estar.
Transformando mis letras
en pensamientos y emociones.
Miles de abrazos y cariño

-Isa-